Claudio en la Montaña

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Días atrás estrenó en su isla natal una contundente pieza de jazz, mirando a las estrellas con su saxo y pidiendo la bendición de Lester Young, John Coltrane y Charlie Parker. Fue en mitad de un colorista y vibrante concierto que la Banda Sinfónica Municipal de Las Palmas, dirigida con eficiente batuta por Daniel Abad, ofreció en Las Canteras; en la línea de la afortunada revolución musical con la que ha seducido Germán Arias – inquieto y ya imprescindible director artístico del combo municipal- a ese colectivo centenario y a la ciudadanía en estos últimos años.

A los talentos compositivos del músico firguense afincado en Barcelona Claudio Marrero se le unen una envidiable técnica con su instrumento –vibrato cálido, fraseo abierto, sonido voluminoso- y una actitud escénica de si mismo, de lo que interpreta y cómo lo interpreta, poco habitual en la escena canaria contemporánea. Esa desinhibición y convicción artística sobre su propia “singularidad” es, sin embargo, empática y se vuelca con naturalidad hacia el público ayudadas también por un físico de galán cool que no desentonaría en ninguna revista de moda.

Él quizás no lo sepa, pero Claudio es el arquetipo de una generación de músicos canarios que –ahora, sí- han nacido sin complejos, sin geografía limitante, sin miedos al mundo y sus mapas. Con una premisa común a buena parte todos ellos, si nos referimos a los que optaron por estudiar instrumentos de viento: sus inicios en la música hay que encontrarlos en esas benditas bandas que hace no más de cuatro decenios comenzaron a fraguarse en algunos pueblos del interior isleño.

Con la decidida y silenciosa vocación de sus maestros, compaginando la labor educacional con las procesiones religiosas de obligado cumplimiento, a veces zarandeadas económicamente por la incomprensión de concejales obtusos, las más afortunadas ayudadas por munícipes bondadosos que intuían de los réditos futuros de esa inversión cultural, las bandas de pueblo propiciaron que muchos chicos como el propio Claudio y tantos otros como él pudiesen acceder a sus estudios superiores de música en los conservatorios capitalinos con un bagaje de sacrificio y constancia que fue sustancial para el desarrollo de sus potencialidades.

También han tejido caminos de confluencias entre la Canarias rural y las urbes: aquella acomodada en sus costumbres ancestrales; la otra rugiendo en una incómoda espera a que las Islas se construyan desde la contemporaneidad sonora que le corresponde. A uno le inunda un orgullo comunitario cuando ve tanto talento musical saltando la valla, incapaz entonces de reconocerse en aquel pasado no tan lejano de los que fuimos y somos aficionados venidos a más.

Pero echar la vista atrás es recordar también el origen particular de algunas cosas que unen a los seres humanos a través de la sangre: abajo Firgas, con sus casitas blancas y su verdor de medianías. Y la Montaña, entonces virgen en casi toda su extensión salvo una casita oculta en la loma.

Más allá un sendero de tierra roja, la sombra impertinente de los eucaliptos, una parra que arrumaba la casa y un hombre viejo sentado bajo ella que te acariciaba con sus cansadas manos de campesino y te susurraba con amor del antiguo al oído: “¿Me quieres, prenda?”. Entonces uno recuerda que el origen de Claudio, saxofonista de jazz, se encuentra también arriba, en la Montaña, aquella perdida patria de la infancia.

Fotografía de Sebastián Domínguez.

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Bienvenido, Womex

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Por una vez no son los hooligans los que toman las calles de una ciudad para beberretear en las esquinas con el balido uniforme de un ganado que busca la excusa del gol para celebrar su inconsistencia mental. Las Palmas de Gran Canaria se convierte hoy en un gran zoco de culturas musicales, de pieles pintadas en la diversidad planetaria gracias a la mayor feria de la escena musical mundial, el Womex.

Berlín, Bruselas, Rotterdam, Copenhague, Estocolmo o Santiago de Compostela son algunas de las urbes europeas donde esta singular feria ha asentado sus reales desde que se celebrara por primera vez en 1994 en la capital alemana. Y en cada convocatoria la multitud de excelencias musicales que abarcan desde los cantos de la raíz hasta la escena underground, pasando por todas las mezclas de interacciones creativas estéticas imaginables, ha ido multiplicándose y convirtiéndose en un gran polo de atracción indispensable para periodistas, programadores culturales, festivales, cineastas y especialistas de la industria musical planetaria.

Casi tres mil personas venidas de todas las partes del mundo inician hoy en nuestra ciudad una reunión común entendiéndose en la más entendible de las lenguas, la música. Es, evidentemente, una feria por y para profesionales: se truecan licencias discográficas; se difunden y se contratan propuestas musicales para cientos de festivales y espacios escénicos repartidos por todo un mapa de países; se cierran giras y se dan a conocer artistas y lugares despreciados por la anodina industria musical controlada por las multinacionales y se visionan documentales sobre músicas difíciles de disfrutar fuera de esta singular feria.

Pero el evento ofrece algunas ventanas por las que el público local puede asomarse y recrearse en un ambiente único donde reina la empatía por la diversidad cultural. Tuvimos la suerte de participar en el Womex celebrado en Copenhague en el año 2009; entonces nos quedamos impresionados con la trastienda de ofertas y expositores desplegados con motivo de la feria.

Aún más impactante fue participar y disfrutar de los conciertos nocturnos que se ofrecieron dentro de la programación del evento y del eco mezclado de sonidos, instrumentos y voces que se amplificaron a lo largo de las salas habilitadas en la sede del principal auditorio de la capital de Dinamarca. El ambiente multirracial, la explosión comunicacional e intergeneracional y la falta de complejos a la hora de poner la oreja ante cualquier propuesta musical venida de cualquier esquina del mundo hacen de esta feria un privilegio.

Es también una oportunidad única para observar y aprender de propuestas organizativas de festivales que se celebran en diversos lugares del planeta que son ejemplares en su planificación programática, en su gestión mediática y económica y en su diversidad. A ver si de esta aprendemos: no basta con soltar una tortuga a la orilla de una playa y hacer populistas loas al ecologismo tras la marca de una franquicia que cuesta un ojo a la cara al erario público al ritmo de tres tambores y dos papahuevos.

Tenemos, pues, la suerte de disfrutar de esta convocatoria singular en nuestra ciudad atlántica, que intuyo será también una grata sorpresa para los participantes del singular evento por su bondad climática, por la naturaleza afable de sus habitantes y por el espíritu abierto de sus calles.

Se hace obligado el agradecimiento a las instituciones públicas canarias que han propiciado el aterrizaje del Womex en Canarias. Y especiales aplausos merece Encarna Galván, concejala de Cultura capitalina, al propiciar la presencia de músicos canarios en los prolegómenos de la feria con una escena off que ha permitido la inclusión de valiosas propuestas musicales nacidas desde las Islas. Así pues, bienvenido Womex.

Publicado en La Provincia-Diario de Las Palmas el miércoles, 24 de Octubre de 2018.

 

 

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Magín Díaz, el Orisha de la Rosa

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Detrás de cualquier músico olvidado hay, casi siempre, una historia conmovedora. Si naces en Estados Unidos aún te queda una papeleta, en la lotería de la vida, para que alguien te convierta en un “Sugar man”. Pero si te paren en Gamero, una pedanía del municipio colombiano de Mahates, departamento de Bolívar, donde el llano respira a selva y barro, el asunto se torna más complicado.

Magín Díaz nació en la negritud, en la afrodescendencia y su culturalidad, en un país donde hasta hace muy poco se despreciaba el aporte de la antigua esclavitud a las músicas y el alma colombiana. El tambor, el llamador y la tambora son los instrumentos sobre los que se construye una etnicidad musical donde se solapan la trova del cantor tradicional al que repica un coro en una letanía siempre bailable. En ese bullerengue de pueblo se crió el cantor.

De su relato de vida, cortando caña desde niño, contaba que se enamoró de Rosa, la hija del administrador de la finca donde trabajaba, y así fue como surgió un tema del mismo nombre, Rosa, que muchas décadas después popularizarían Joe Arroyo, Totó la Momposina o Carlos Vives (“De las flores, la más hermosa… es la que lleva el nombre de Rosa. Sobre su lira, regando flores, la llamaré… Rosa de mis amores, la que San Juan despertó”). Pero la canción no logró ablandar el corazón de la joven, que rechazó el humilde amor de aquel negrito zafrero y analfabeto.

Cuando cerró el ingenio, ya hecho un cantor de voz prodigiosa, emigró clandestinamente a Venezuela para trabajar en la construcción. Por casualidad lo oyó cantar Cheo García, quien fuera durante años el director musical de la Billo´s Caracas Boys, que lo invitó a sumarse como vocalista al popular conjunto de baile. En los años 70 regresó a su pueblo natal para enterrar a su madre y allí fundó una pequeña agrupación de tambores junto a algunos familiares, Los Soneros de Gamero, con los que animaban carnavales y fiestas en su departamento natal.

Como nunca aprendió a leer y a escribir no pudo disfrutar de las regalías en derechos de autor que pudieron darle algunas de sus más celebradas composiciones, que dejó al albur de otros u ocultas en el anonimato de lo tradicional. Hace dos años su nombre y su figura salieron a la luz gracias al esfuerzo de varios jóvenes músicos y un activista cultural y filósofo colombiano, Daniel Bustos Echevarry.

Ellos convocaron –con harto trabajo artesanal- a intérpretes y diseñadores gráficos de todo el continente para grabar y editar el primer disco en solitario de Magín. Conocí su música en Bogotá y me animé –después de que me diera permiso- a poner una nueva letra a uno de sus más celebrados estribillos para que formara parte de “Jallos”, el nuevo disco de Olga y Mestisay.

Con aquel original trabajo discográfico llegaron hasta las Vegas hace dos semanas: el disco había sido propuesto a los Grammy latinos en dos categorías y Magín, a sus noventa y cinco años, se convirtió en el nominado más longevo de toda la historia de los prestigiosos premios. Con el alma henchida de orgullo se empeñó en viajar hasta la ciudad de las tragaperras después de pasar los controles médicos que aseguraran la conveniencia de aquel viaje.

Su disco, el Orisha de la Rosa, conquistó uno de los galardones a los que estaba nominado. Él no pudo recogerlo: estaba siendo ingresado en un hospital de las Vegas, donde fallecería días más tarde; posiblemente cantando hacia adentro y en voz muy baja a aquella Rosa que le robó el corazón cuando era aún casi un niño.

Publicado en La Provincia-Diario de Las Palmas el sábado, 2 de Diciembre de 2017. Fotografía: anónima

 

 

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Flora Araña: Mater amantísima

ASCANIO

Aparecen en mitad de la bruma de los días inciertos y llenan de luz el pequeño lugar que ocupan en el mundo y sus alrededores. Forman parte de una comunidad casi silenciosa, obrera de su fe y la de otros; a veces silenciada por la opulencia del rito, por una historia milenaria llena de luces y sombras a la que se deben. En el peor de los casos, por la amoralidad de algunos de sus pastores, sufren; también en silencio.

Pero aún casi anónimos, en bondad son inmensa mayoría. En los poblados de la profunda África, en la sonoridad animal de las selvas amazónicas, en la inquietante humedad de las aldeas filipinas, en los cerritos horadados del altiplano o en las calles abigarradas de la India urbana, dan fe de su fe, de su compromiso con la vida; construyen a la mujer y el hombre nuevos con el humilde barro de la pobreza. Y en esa distancia, en ese mundo donde la utopía se convierte en cristiana y redentora del dolor y la injusticia social, la mujer y el hombre misioneros se nos aparecen como lo que son: héroes en carne y hueso.

Se ha de reconocer que la misionería en países del tercer Mundo, por ser tan riesgosa y llena de peligros físicos, no deja de tener una áurea de virtud que nos parece mayor que aquella que se ejerce cerca de nosotros, en los barrios, en las escuelas y centros de educación liderados por religiosas y religiosos de las ciudades de nuestro afortunado hemisferio económico. Pero debe haber hueco en nuestros corazones para otras historia de vida.

Cuento todo esto porque hace pocos días falleció en nuestra ciudad una mujer admirable, religiosa salesiana, que ejerció de profesora de música -durante casi toda su vida en comunidad- en diversos colegios a la que su orden tuvo a bien destinarla. Se llamaba Flora Araña.

No figurará en la historia oficial de la música de nuestro paisito; sin embargo ocupará, sin duda, un lugar muy destacado en el corazón y la memoria de numerosas chicas a las que indujo a conocer y disfrutar del embriagado placer de escuchar y hacer música. Hablaban mucho sobre ella mi Olga –fue la primera persona que creyó en su extraordinario talento- mi Luisa, , mi María, mi Macu, mi Laura, mis Esther, mis Rosas… Esas y otras amigas de la juventud ingenua de los años 80, cuando pretendíamos ayudar a construir una canción que sonara a Canarias.

Me contaron sobre su excelencia educativa, sobre su complicidad y compromiso con aquellas adolescentes del Árbol Bonito que bajaban del barrio cada mañana hasta el colegio con las maletas cargadas de sueños y esperanzas. Ella supo poner, con cariño infinito, música a aquellas esperanzas.

Si existe, como creía aquella humilde profesora de música, un coro de ángeles que recibe a las almas buenas mientras se les abre las puertas del Paraíso, habrá sido un coro de miles de voces quienes la hayan celebrado; será el eco de las voces de todas aquellas niñas isleñas a las que educó en el Arte de las musas. Descansa en paz, Sor Flora Araña, Mater amantísima.

Publicado en Diario Las Palmas – La provincia el domingo, 29 de Octubre de 2017. Fotografía: Ascanio
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El Muchacho del Poble Sec

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Aún hoy, vistiendo más de setenta primaveras, no es difícil vislumbrar detrás de su sonrisa pícara al muchacho de barrio que fue. Valente –poeta de certidumbres- aconsejaba en su recomendable Diario anónimo no tener personaje y, en segundo lugar, “no depender jamás en nada –como depende el político, el general, el hombre público- del personaje posible”, del personaje que alguien le adjudica a uno, aunque no se haya contribuido a su engendramiento.

En Joan Manuel –supongo que acosado desde su juventud de cantautor por el personaje público que fue, es y será- eso no rige. A quienes hemos tenido la suerte de tratarlo con algo de cercanía, nos sorprende su capacidad innata para huir del personaje y habitar, en su cotidianeidad, en el mismo espacio en el que viven sus canciones. Un espacio lleno de utopías que él nos hace sentir alcanzables, de mujeres inalcanzables, de mares transitados por piratas buenos con pata de palo, de niños jugando a la pelota.

He tenido la suerte, y a veces la desgracia, de tratar y trabajar con notables cultores de la música popular, esa musiquita que suena en el aire. Muy pocos entre ellos poseían la estatura moral, la bondad congénita, la hermosa simpatía por el otro que derrocha Serrat sin el esfuerzo ni la prudente hipocresía debida a tanta conveniencia social a propósito de su fama y talentos. En esto lleva la contraria a aquella ocurrente frase de Arthur Koestler: “Para qué quiero conocer a un autor famoso? Es como si te gusta el foie y ansías saludar personalmente a la oca”.

Recuerdo todo esto mientras las televisiones, en mitad de la batalla catódica de estos días, dan paso al muchacho del Poble Sec desde América, donde anda de gira con sus compadres de generación y vida. Y detrás de aquel gorro de pichi irlandés, encanado y aún así canalla para las pasiones del vivir, contestando a la pregunta de un periodista chileno, acude a la palabra precisa, a la didáctica noble y sincera de quien es y se sabe coherente para explicar lo aparentemente inexplicable.

No sucede todos los días; incluso a ojos de cualquiera –en un país donde abundan los fanáticos-, pudiese parecer que la comodidad material que se le supone a Serrat a propósito de sus merecidos éxitos le permite decir su verdad a los cuatro vientos sin que tenga más consecuencias.

Pero no debe ser así para quien ha difundido tanto amor cantado en su lengua paterna. Sin guitarra que lo acompañe, es aquel muchacho del Poble Sec quien habla en la franca lengua del corazón. Ir contra la corriente, en mitad del grito de la muchedumbre, aún esgrimiendo razones donde impera la cordura, no es cómodo si aún sigues yendo a la esquina del barrio a comprar el pan.

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El cartero de la Tiñosa

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Cierro los ojos y vuelvo atrás; y todo lo que recuerdo del Lanzarote de hace cuatro décadas, cuando escuché a Ico cantando por primera vez en un restaurante de una terraza de la Tiñosa, está impreso en technicolor; tonalidades Polaroid que ahora son vahídas, asustadas por un tiempo que convierte aquel blanco de cal que soñara Manrique en una nostalgia vestida en ocre.

La isla era, nada más dejar atrás Arrecife, un paraíso de lava, humildes vides y palmas entreverado por escuetas carreteras que parecían pedir permiso para adentrarse en aquel paisaje lunar amante del relente de las noches. En aquellos años donde Ico se hizo cantador de alante, en lo que Caballero Bonald dio en llamar la cultura de la sangre, la tierra aún sonaba a canto; y en cualquier recodo de aquellos caminos aparecían humildes figuras que humanizaban, como en una postal, el horizonte y sus orillas: una mujer enlutada, llevando sobre su testa una lata de agua; un niño corriendo detrás de una destentada rueda; un camélido retozando en una gavia.

Arrocha no era de esos cantadores que no sabían leer. Los letrados –advertía siempre el Agujetas- “pierden la pronunciación”; porque algo de eso había en el río de la tradición cuando aún era libre y anónima. El estiramiento de las tesituras, las texturas de aquellas cimas cantoras y el humilde calacimbre de cuerdas que seguían a aquellas voces de los años negros de la cenicienta del agua que fue Lanzarote, tuvo cultores y maestros de los que Arrocha fue silente aprendiz hasta que aquellos fenecieron. Pero había una astucia en nuestro cantor que le hacía sentirse cerca de aquellos dioses desconocidos de la ancestralidad.

Las escuelas de la Ajei y la Guadarfía, del molinero Gil, de los mágicos saltos en malagueñas de Lero de León, de los Ranchos de San Bartolomé y su rítmico ritual de panderos y espadas fueron un legado de asombrosa fecundidad a los que el cantor de La Tiñosa no fue ajeno. Si el acento estilístico de su canto nació en los territorios de aquel arcano, la prístina pureza de su voz nos llevaba a la emoción que muy pocas veces se produce en el mundo del bel canto. Esa convivencia entre una emisión vocal con aires de cultismo pero con honda esencialidad es muy rara de ver en un cantador de raíz; más aún cuando sabíamos que Arrocha practicó con gusto géneros populares de otros lugares – animando durante años cenas de turistas con el fin de ayudarse a construir su casa- que bien podían haber “socavado” aquella herencia que cristalizó en su garganta.

No fue el caso; se recuerda que en aquellos años de los ochenta, y aún en las siguientes dos décadas, Arrocha cimentó su popularidad, fuera de su isla natal, a la sombra de sus apariciones televisivas; pero ese ambiente, que en no pocas ocasiones derivó en egocéntrico y jugó con la tentación de patrimonializar los talentos de los verdaderos protagonistas de la tradición cantora de Canarias, tampoco le robó el alma.

El convenio común del amor de los isleños hacia Ico y sus talentos no solo estaba cimentado en sus capacidades canoras; su humildad congénita y su extraordinaria extroversión en la hora de interpretar –su alegría sonora, su gestual sonrisa- fueron también argumentos de querencia compartida en el viaje de su vida. Cuando falleció su hija Noelia en trágicas circunstancias, los amigos que le acompañamos supimos que el silencio se apoderaría para siempre del tesoro de su voz, aquella que durante años regaló al país, a Canarias.

El próximo 3 de Junio, en su pueblo natal y marinero, cerca de su orilla, muchos recordaremos en su honor los versos del poeta: “…que vivir no es más que hacer amigos/ que vivimos en ellos”. Y pasearemos por la que será su calle, la que su municipio le dedicará, mientras cavilamos que hubiese pensado Federico Arrocha Hernández, que ejerciera de cartero en La Tiñosa, si hubiese tenido que llevar una y mil cartas con su nombre – procedentes de cada rincón de sus islas y conteniendo un mar de agradecimientos-, a la casa de un cantador que tuvo por sobrenombre Ico. Tendremos entonces que cerrar los ojos y volver atrás.

Publicado en la Provincia-Diario de Las Palmas el 28 de Mayo de 2017. Fotografía anónima
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Simón y el vendedor de periódicos

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Ηasta hace unos años, en los veranos de Tigaday, a las faldas de la pétrea hermosura del valle del Golfo y su milagro vegetal, un hombrecito recorría cada mañana con paso ágil, como apresurado, un rincón y otro del desparramado pueblo que tiene por seña un campanario sobre un pecho de volcán. Su apuro mañanero, con las noticias impresas del día debajo del brazo, era un halago al antiguo periodismo de mancheta y tinta negra.

Sentía que llevaba el mundo en sus manos repartiendo aquellos periódicos; un tesoro de la información que se abriría ante los ojos de sus vecinos y de los ocasionales veraneantes como un maná en ordenado abecedario flanqueado por fotos en blanco y negro.

En el extremo occidental del valle, en Sabinosa, nació José. Fue muchas cosas antes de marchar a Venezuela de jovencito, empujado por su convencimiento en redimirse de su pecado de nacer pobre: pastor en la Dehesa, dador de baños en el Pozo y campesino de cuatro cachos de tierra en el Cres.

No fue comunista, aunque tuvo conciencia de clase, interés por el conocimiento; de tal manera que las cuatro reglas aprendidas en la escuelita del Rey y su esfuerzo vendiendo tomates y pimentones en el Mercado de Coche le hicieron hechura de pequeño propietario sin ánimo de abusar del Cerro. Sus sueños eran modestos: un carro, una casa con baño en su pueblo natal, una tiendita, dar estudios a su hijo… Aquel mercado caraqueño estaba colmado de puestos de isleños, en su mayoría hacendosos gomeros y herreños que huyeron de la miseria insular y se acogieron a aquella patria nueva con la decencia del que trabaja con el sudor de su frente; callados, humildes, agradecidos a aquella tierra de abundacia, modestos hacedores de un país que no habían podido ayudar a construir en sus islas.

José siempre recordaba que en los parlantes del mercado – entre olores de frutas tropicales y frituras de cachapa- sonaba a ratos música macha, gaita zuliana, bailables de la Billo´s que tanto gustaban a las coquetas domésticas caraqueñas y el tío Simón. Simón el del cuatro, Simón el de las tonadas de ordeño, Simón el de los llanos, Simón el del país inabarcable, casi infinito.

Nuestro hombre regresó a tiempo en busca del soco de su valle natal, cuando los bolívares miraban al dólar con criolla indiferencia. Puso una librería y acompañó a su hijo Francis en el atareo de vender papeles escritos a niños y mayores. Como en los cuentos de Pepe Castellano, en la librería, hasta su cierre por merecida jubilación del hijo, siempre se escuchaba hablar con encendidos elogios de Venezuela, del béisbol y de la música de Simón.

Al caer la tarde prendía las noticias de la radio y soñaba con su paraíso tropical; y con el corazón encogido le abrumaba la sinrazón de unos gobernantes que hablan de una nueva Constitución mientras sacrifican en el altar de caducas ideologías, al golpe de bayoneta y botes de humo, derechos civiles y vidas empoderadas en sueños.

Atrás quedaron muchos de sus vecinos isleños y sus familias; fueron, como José, pequeños emprendedores con alma de campesinos que no pertenecen ni a la oligarquía ni a los extremismos de la izquierda gubernamental del país que fundara Bolívar. Devaluadas hasta el ridículo sus pensiones, atrapados en los años del caos, ahora sus hijos y sus nietos toman las calles para intentar recuperar, ofreciendo su sangre, un país fallido. A veces lo hacen a golpe de tonada, una de las hermosas tonadas del Tío Simón, el de los llanos, el del país inabarcable, casi infinito. Dios salve a Venezuela.

Fotografía: Simón Díaz, años 60. Autor anónimo. Publicado en La Provincia-Diario de Las Palmas el 11 de Mayo de 2017.
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