Homo Manrique

El viento, icono manriqueño, golpea inmisericorde la pulcra lengua de arena de Famara y se adentra en el mar para jugar frívolamente con las velas de los windsurferos llegados desde las cuatros esquinas del mundo. El acantilado, los callaos, La Caleta de casitas blancas y un horizonte de isla –esa porción de tierra rodeada de deseos-, siguen conservando el halo de aparente eternidad que está en el origen de todo lo que César quiso  construir.

Pero sobre esa raíz es tal la cantidad de vida vivida que acumula Manrique en estratos de información, en escenarios diversos, en procesos de creación, en personajes que circundan, vuelven o desaparecen del universo Manrique, que cualquier excavación científica sobre el personaje tropieza una y otra vez con la dificultad para entender esa transversalidad suya, tan incómoda a la observación  científica, siempre necesitada de explicaciones racionales.

Por eso posiblemente la fecha del centenario de su nacimiento hace aflorar testimonios aparentemente irreconciliables,  rastros de memoria sobre el personaje surgidos en primer lugar de la amistosa sociabilidad que el artista lanzaroteño poseía como rasgo distintivo de su epatante personalidad. El pueblo llano acoge con cierta indiferencia la polémica y se resiste a enterrar definitivamente al mito a pesar de la naturaleza frágil de los tiempos que corren, donde el usar y tirar es la norma establecida para las cosas, el amor y las ideas.

Y el mito resiste porque a su construcción desde el imaginario popular se pueden seguir añadiendo capas de información –reales o ficticias- que abundan en los peligros que nos rodean y que saltan de lo local a lo planetario : ¿Qué fue de la Arcadia perdida que eran las Islas?¿Estaremos abocados por siempre a la dependencia del turismo como fuente de riqueza? ¿Dónde encontraremos el necesario equilibrio entre desarrollo y sostenibilidad?¿La raza humana camina hacia su inevitable extinción?

Es sabido: Manrique propone como respuesta a todas esas preguntas una fiesta de los sentidos radicalmente vinculada a la participación de la Naturaleza como objeto de culto, como reflexión artística, como religión humana. No es necesario seguir su rastro en la abundante bibliografía escrita sobre su vida y obra, salvo que se quiera tener una exhaustiva radiografía de los detalles. Bastará con acceder a toda la iconografía visual fácilmente disponible –fotos, declaraciones, películas- y fijarse en su gestualidad, en los paisajes donde se retrata, en la vestimenta que usa, en los personajes que circundan al artista y que se prestan a ese juego de señales que César construye –creo que conscientemente- para el futuro.

Causa envidia imaginar el ambiente terriblemente “moderno” –adelantándose a lo “camp”, soslayando lo “cool”- con el que Manrique construye una década gloriosa de existencia que él hace comunal en su isla natal, a caballo entre los sesenta y setenta del  pasado siglo. Lanzarote era entonces puro silencio, una orfandad dispuesta a ser reseteada por las manos de un visionario.

César aguarda expectante, sin perder la esperanza de ser descubierto como el pintor que fue, mientras  sus obras civiles se llenan cada día de curiosos que imaginan al individuo que habitó aquel Paraíso terrenal; el primero de su singular especie, el Homo Manrique. Queda también el viento, golpeando la lengua de arena de Famara, aquella que un día sirvió de lienzo para un niño criado en aquella lejana orilla; un niño que hoy cumpliría cien años de existencia.

Publicado en La Provincia-Diario de Las Palmas el miércoles, 24 de Abril de 2019. Foto anónima.

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Sostiene Pereira, paisajes de ultramar

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En Portugal conviven algunos Pereiras famosos a propósito de lucir un apellido más o menos común en el listado de nombres antroponímicos del país. Curiosamente el más internacional, surgido de la fecundidad literaria de Antonio Tabucci en su más célebre novela, es un personaje de ficción, un periodista viudo y cardiópata que dirige las páginas de cultura en un periódico lisboeta durante el régimen salazarista.

En la música popular portuguesa que sobrevive más allá del, a veces, agobiante reinado del fado y sus acrónimos, la biografía profesional de Julio Fernando de Jesús Pereira – conocido como Julio Pereira en el mundo de la World Music– es un rarísimo caso de afortunados hallazgos y pequeñas joyas instrumentales que coronan una vida casi sacerdotal dedicada a las músicas de raíz.

Aunque sus inicios musicales están ligados a los ambientes rockeros de su Lisboa natal, su temprana colaboración con los conocidos “Cantores de Abril” (José Afonso, Fausto, Sergio Godinho y otros) lo acerca a un mundo sonoro del que nunca más se despegaría. Es con Zeca Afonso con quien ejercerá de director musical y productor desde 1978 y con quien establecerá, hasta el fallecimiento del autor de “Grándola, vila morena”, una comunión de ideas y amistad que lo marcará profundamente en su posterior y exitosa carrera como intérprete, compositor y productor.

Desde finales de la década de los 80 recopilábamos con admiración sus grabaciones discográficas a pesar de nuestra entonces distante insularidad, ajenos como estábamos aún a la conexión internaútica. Un día del verano del año 1995 nos plantamos sin avisar ante su casa, que era también su estudio, y de alguna manera lo convencimos para que produjera dos de nuestros discos. No fue fácil, a propósito del mundo cerrado y monacal en el que vive Pereira con sus músicas y sus instrumentos y de su perfeccionismo profesional.

Ayudaron algunas letras, como el Agüita Agüita, que escribimos para algunas de sus piezas instrumentales y que se hicieron también populares como canciones. A todo ello hay que sumar su fascinación por la voz de su amiga Olga Cerpa, a la que ha implicado en algunas de sus producciones discográficas. Pete Seeger, Chico Buarque, Carlos do Carmo, Dulce Pontes, Teresa Salgeiro o The Cheftains son algunos de los nombres con los que ha compartido complicidades musicales. Pero a mi modesto entender su trabajo de reivindicación del cavaquinho portugués, en un camino que acoge el origen tradicional de ese pequeño instrumento y lo empuja a su necesaria contemporaneidad sin merma de su esencia sonora, es uno de sus logros más fecundos.

De ese conocimiento surgió una idea que he intentado que se produjera durante muchos años y que no ha sido posible hasta hoy: la de emparejar a ese instrumento y nuestro timple, uno de sus primos, en una producción discográfica donde se estableciera un necesario diálogo común. El repertorio estaba escrito: las composiciones instrumentales de Pereira – un corpus ejemplar que subraya la importancia del instrumento sobre el repertorio a interpretar- esperaban a ser releídas con el timple.

Ese empeño me parecía necesario observando la que entiendo superflua deriva que a veces han tomado nuestros jóvenes intérpretes de nuestro instrumento más popular, utilizando repertorios y sonoridades más propias de lugares comunes del jazz que de la propia génesis del instrumento. Supongo que, en parte, es consecuencia de las excelentes capacidades técnicas de los timplistas de la nueva generación, expuestos muchos de ellos al síndrome jazzístico del “acorde perdido”. Siempre pensé que Pereira podría ser un buen ejemplo para indicar otro posible camino y solo faltaba un timplista que gustase al portugués por sus mañas para comprometerlos en un proyecto común.

Y es ahí donde aparece el ansia y el talento de Althay Páez, que a pesar de ser conocido y admirado desde hace años en los ambientes musicales del género, no había tenido oportunidad hasta hoy de enfrentarse a una grabación de estudio. Entre sus coetáneos es reconocido como un virtuoso del instrumento canario, tanto por sus capacidades técnicas como por el estado anímico al que lleva a su timple en sus interpretaciones en directo.

Nos parece que en él se reúnen acentos muy potentes relacionados con la tradición que, sin embargo, conviven con un ánimo de contemporaneidad singular en el panorama de las músicas instrumentales en Canarias. Sobre eso navega su primer disco, producido musicalmente por el Maestro portugués y artísticamente por nosotros, alentado por nuestra fe en ambos. Suena este disco a paisaje de ultramar, a lo que sostiene Pereira.

Publicado en el Pleamar de Canarias7 el sábado, 13 de Abril de 2019. Fotografía de Miriam Cejas

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Fina estampa

 

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En el patio del colegio las filas se arremolinaban cada mañana entre los gritos eufóricos de la muchachada, que se amansaba en cuanto sonaba sobre nuestras cabezas la disciplina del silbato del prefecto. En los laterales de algunas de las filas coincidíamos mayores y pequeños y, amén del desafecto generacional que nos producían aquellos pequeños de primaria a propósito de nuestra adolescencia gamberra, siempre me llamaban la atención unos gemelos, repeinados y formales, serios y atentos, atildados en sus corbatas de alumnos claretianos.

Así conocí a Paulino Montesdeoca, junto a su hermano Luis. Paulino me enseñaba algunas mañanas, en mitad de la formación y a distancia, su tesoro: los nuevos cromos de futbolistas que había adquirido en un estanco frente a la entrada del colegio que hacía el agosto con muchos de los alumnos, coleccionistas de estampas y comics. A mí, entonces ya con preocupaciones y deseos más carnales, me hacía gracia aquella ingenuidad infantil, que buscaba y encontraba complicidad entre las filas a través de una mirada limpia e ingenua, una de sus virtudes durante toda su vida.

Ya entonces, aún crío, era bueno y esa sustancia de nobleza se transpiraba en él con una naturalidad silente. Todo esto me lo recordó años más tarde, presentándose como aquel niño de los cromos, al pararse en un pasillo de la Casa-Palacio cabildicia en el que coincidimos una mañana. Me invitó a un café y me puso al día de su vida profesional: se hizo abogado siguiendo los pasos de su padre, había adquirido una plaza en el Consejo Insular de Aguas y comenzaba a ejercer como joven promesa del Partido Popular en nuestra isla natal.

Desde aquel encuentro, se hizo amigo en un tú a tú que salvó la distancia generacional sin ningún esfuerzo. Paulino era un caballero, en una acepción del término que hoy está en desuso por tanta falta de educación cívica. En esa virtud de ser y estar lo habían educado, pero tengo para mí que en su genética vivía un gen singular, comprensivo y generoso, que se remarcaba con una presencia física y gestual impecables. Lo remataba con un envidiable optimismo, con el que había superado pruebas muy duras en lo emocional, que contagiaba a los que tuvimos la suerte de tenerlo como cómplice.

Su paso por la política de partido, después de haber ejercido varios cargos públicos con notable éxito y con la proverbial prudencia que lo caracterizaba, no terminó bien a su pesar; el foro del Derecho en la isla recuperó un buen espada, pero perdió para las responsabilidades públicas un avalista de las buenas formas, de la moderación y del diálogo, tan necesario hoy entre adversarios políticos que persigan el bien común por encima de sus ideologías.

Siendo como éramos distantes en ideas y en los ambientes sociales en los que nos movíamos – con el conocimiento de su persona era posible entender una derecha liberal y civilizada, sin ánimo frentista y sin la moralina con la que en ocasiones se ve tentada en su discurso- era un placer encontrarlo por la calle Cano y compartir un rato de cháchara intentando arreglar el mundo.

Parecía Paulino el galán de una película en blanco y negro, atildado en su vestir, caminando las calles de la ciudad vieja y su original arteria comercial con las hechuras de la popular canción de Chabuca: “Fina estampa, caballero/ caballero de fina estampa…”. Descansa en paz, querido amigo.

Publicado en La Provincia-Diario de Las Palmas el jueves, 14 de Febrero de 2019. Foto anónima.

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Claudio en la Montaña

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Días atrás estrenó en su isla natal una contundente pieza de jazz, mirando a las estrellas con su saxo y pidiendo la bendición de Lester Young, John Coltrane y Charlie Parker. Fue en mitad de un colorista y vibrante concierto que la Banda Sinfónica Municipal de Las Palmas, dirigida con eficiente batuta por Daniel Abad, ofreció en Las Canteras; en la línea de la afortunada revolución musical con la que ha seducido Germán Arias – inquieto y ya imprescindible director artístico del combo municipal- a ese colectivo centenario y a la ciudadanía en estos últimos años.

A los talentos compositivos del músico firguense afincado en Barcelona Claudio Marrero se le unen una envidiable técnica con su instrumento –vibrato cálido, fraseo abierto, sonido voluminoso- y una actitud escénica de si mismo, de lo que interpreta y cómo lo interpreta, poco habitual en la escena canaria contemporánea. Esa desinhibición y convicción artística sobre su propia “singularidad” es, sin embargo, empática y se vuelca con naturalidad hacia el público ayudadas también por un físico de galán cool que no desentonaría en ninguna revista de moda.

Él quizás no lo sepa, pero Claudio es el arquetipo de una generación de músicos canarios que –ahora, sí- han nacido sin complejos, sin geografía limitante, sin miedos al mundo y sus mapas. Con una premisa común a buena parte todos ellos, si nos referimos a los que optaron por estudiar instrumentos de viento: sus inicios en la música hay que encontrarlos en esas benditas bandas que hace no más de cuatro decenios comenzaron a fraguarse en algunos pueblos del interior isleño.

Con la decidida y silenciosa vocación de sus maestros, compaginando la labor educacional con las procesiones religiosas de obligado cumplimiento, a veces zarandeadas económicamente por la incomprensión de concejales obtusos, las más afortunadas ayudadas por munícipes bondadosos que intuían de los réditos futuros de esa inversión cultural, las bandas de pueblo propiciaron que muchos chicos como el propio Claudio y tantos otros como él pudiesen acceder a sus estudios superiores de música en los conservatorios capitalinos con un bagaje de sacrificio y constancia que fue sustancial para el desarrollo de sus potencialidades.

También han tejido caminos de confluencias entre la Canarias rural y las urbes: aquella acomodada en sus costumbres ancestrales; la otra rugiendo en una incómoda espera a que las Islas se construyan desde la contemporaneidad sonora que le corresponde. A uno le inunda un orgullo comunitario cuando ve tanto talento musical saltando la valla, incapaz entonces de reconocerse en aquel pasado no tan lejano de los que fuimos y somos aficionados venidos a más.

Pero echar la vista atrás es recordar también el origen particular de algunas cosas que unen a los seres humanos a través de la sangre: abajo Firgas, con sus casitas blancas y su verdor de medianías. Y la Montaña, entonces virgen en casi toda su extensión salvo una casita oculta en la loma.

Más allá un sendero de tierra roja, la sombra impertinente de los eucaliptos, una parra que arrumaba la casa y un hombre viejo sentado bajo ella que te acariciaba con sus cansadas manos de campesino y te susurraba con amor del antiguo al oído: “¿Me quieres, prenda?”. Entonces uno recuerda que el origen de Claudio, saxofonista de jazz, se encuentra también arriba, en la Montaña, aquella perdida patria de la infancia.

Fotografía de Sebastián Domínguez.

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Bienvenido, Womex

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Por una vez no son los hooligans los que toman las calles de una ciudad para beberretear en las esquinas con el balido uniforme de un ganado que busca la excusa del gol para celebrar su inconsistencia mental. Las Palmas de Gran Canaria se convierte hoy en un gran zoco de culturas musicales, de pieles pintadas en la diversidad planetaria gracias a la mayor feria de la escena musical mundial, el Womex.

Berlín, Bruselas, Rotterdam, Copenhague, Estocolmo o Santiago de Compostela son algunas de las urbes europeas donde esta singular feria ha asentado sus reales desde que se celebrara por primera vez en 1994 en la capital alemana. Y en cada convocatoria la multitud de excelencias musicales que abarcan desde los cantos de la raíz hasta la escena underground, pasando por todas las mezclas de interacciones creativas estéticas imaginables, ha ido multiplicándose y convirtiéndose en un gran polo de atracción indispensable para periodistas, programadores culturales, festivales, cineastas y especialistas de la industria musical planetaria.

Casi tres mil personas venidas de todas las partes del mundo inician hoy en nuestra ciudad una reunión común entendiéndose en la más entendible de las lenguas, la música. Es, evidentemente, una feria por y para profesionales: se truecan licencias discográficas; se difunden y se contratan propuestas musicales para cientos de festivales y espacios escénicos repartidos por todo un mapa de países; se cierran giras y se dan a conocer artistas y lugares despreciados por la anodina industria musical controlada por las multinacionales y se visionan documentales sobre músicas difíciles de disfrutar fuera de esta singular feria.

Pero el evento ofrece algunas ventanas por las que el público local puede asomarse y recrearse en un ambiente único donde reina la empatía por la diversidad cultural. Tuvimos la suerte de participar en el Womex celebrado en Copenhague en el año 2009; entonces nos quedamos impresionados con la trastienda de ofertas y expositores desplegados con motivo de la feria.

Aún más impactante fue participar y disfrutar de los conciertos nocturnos que se ofrecieron dentro de la programación del evento y del eco mezclado de sonidos, instrumentos y voces que se amplificaron a lo largo de las salas habilitadas en la sede del principal auditorio de la capital de Dinamarca. El ambiente multirracial, la explosión comunicacional e intergeneracional y la falta de complejos a la hora de poner la oreja ante cualquier propuesta musical venida de cualquier esquina del mundo hacen de esta feria un privilegio.

Es también una oportunidad única para observar y aprender de propuestas organizativas de festivales que se celebran en diversos lugares del planeta que son ejemplares en su planificación programática, en su gestión mediática y económica y en su diversidad. A ver si de esta aprendemos: no basta con soltar una tortuga a la orilla de una playa y hacer populistas loas al ecologismo tras la marca de una franquicia que cuesta un ojo a la cara al erario público al ritmo de tres tambores y dos papahuevos.

Tenemos, pues, la suerte de disfrutar de esta convocatoria singular en nuestra ciudad atlántica, que intuyo será también una grata sorpresa para los participantes del singular evento por su bondad climática, por la naturaleza afable de sus habitantes y por el espíritu abierto de sus calles.

Se hace obligado el agradecimiento a las instituciones públicas canarias que han propiciado el aterrizaje del Womex en Canarias. Y especiales aplausos merece Encarna Galván, concejala de Cultura capitalina, al propiciar la presencia de músicos canarios en los prolegómenos de la feria con una escena off que ha permitido la inclusión de valiosas propuestas musicales nacidas desde las Islas. Así pues, bienvenido Womex.

Publicado en La Provincia-Diario de Las Palmas el miércoles, 24 de Octubre de 2018.

 

 

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Magín Díaz, el Orisha de la Rosa

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Detrás de cualquier músico olvidado hay, casi siempre, una historia conmovedora. Si naces en Estados Unidos aún te queda una papeleta, en la lotería de la vida, para que alguien te convierta en un “Sugar man”. Pero si te paren en Gamero, una pedanía del municipio colombiano de Mahates, departamento de Bolívar, donde el llano respira a selva y barro, el asunto se torna más complicado.

Magín Díaz nació en la negritud, en la afrodescendencia y su culturalidad, en un país donde hasta hace muy poco se despreciaba el aporte de la antigua esclavitud a las músicas y el alma colombiana. El tambor, el llamador y la tambora son los instrumentos sobre los que se construye una etnicidad musical donde se solapan la trova del cantor tradicional al que repica un coro en una letanía siempre bailable. En ese bullerengue de pueblo se crió el cantor.

De su relato de vida, cortando caña desde niño, contaba que se enamoró de Rosa, la hija del administrador de la finca donde trabajaba, y así fue como surgió un tema del mismo nombre, Rosa, que muchas décadas después popularizarían Joe Arroyo, Totó la Momposina o Carlos Vives (“De las flores, la más hermosa… es la que lleva el nombre de Rosa. Sobre su lira, regando flores, la llamaré… Rosa de mis amores, la que San Juan despertó”). Pero la canción no logró ablandar el corazón de la joven, que rechazó el humilde amor de aquel negrito zafrero y analfabeto.

Cuando cerró el ingenio, ya hecho un cantor de voz prodigiosa, emigró clandestinamente a Venezuela para trabajar en la construcción. Por casualidad lo oyó cantar Cheo García, quien fuera durante años el director musical de la Billo´s Caracas Boys, que lo invitó a sumarse como vocalista al popular conjunto de baile. En los años 70 regresó a su pueblo natal para enterrar a su madre y allí fundó una pequeña agrupación de tambores junto a algunos familiares, Los Soneros de Gamero, con los que animaban carnavales y fiestas en su departamento natal.

Como nunca aprendió a leer y a escribir no pudo disfrutar de las regalías en derechos de autor que pudieron darle algunas de sus más celebradas composiciones, que dejó al albur de otros u ocultas en el anonimato de lo tradicional. Hace dos años su nombre y su figura salieron a la luz gracias al esfuerzo de varios jóvenes músicos y un activista cultural y filósofo colombiano, Daniel Bustos Echevarry.

Ellos convocaron –con harto trabajo artesanal- a intérpretes y diseñadores gráficos de todo el continente para grabar y editar el primer disco en solitario de Magín. Conocí su música en Bogotá y me animé –después de que me diera permiso- a poner una nueva letra a uno de sus más celebrados estribillos para que formara parte de “Jallos”, el nuevo disco de Olga y Mestisay.

Con aquel original trabajo discográfico llegaron hasta las Vegas hace dos semanas: el disco había sido propuesto a los Grammy latinos en dos categorías y Magín, a sus noventa y cinco años, se convirtió en el nominado más longevo de toda la historia de los prestigiosos premios. Con el alma henchida de orgullo se empeñó en viajar hasta la ciudad de las tragaperras después de pasar los controles médicos que aseguraran la conveniencia de aquel viaje.

Su disco, el Orisha de la Rosa, conquistó uno de los galardones a los que estaba nominado. Él no pudo recogerlo: estaba siendo ingresado en un hospital de las Vegas, donde fallecería días más tarde; posiblemente cantando hacia adentro y en voz muy baja a aquella Rosa que le robó el corazón cuando era aún casi un niño.

Publicado en La Provincia-Diario de Las Palmas el sábado, 2 de Diciembre de 2017. Fotografía: anónima

 

 

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Flora Araña: Mater amantísima

ASCANIO

Aparecen en mitad de la bruma de los días inciertos y llenan de luz el pequeño lugar que ocupan en el mundo y sus alrededores. Forman parte de una comunidad casi silenciosa, obrera de su fe y la de otros; a veces silenciada por la opulencia del rito, por una historia milenaria llena de luces y sombras a la que se deben. En el peor de los casos, por la amoralidad de algunos de sus pastores, sufren; también en silencio.

Pero aún casi anónimos, en bondad son inmensa mayoría. En los poblados de la profunda África, en la sonoridad animal de las selvas amazónicas, en la inquietante humedad de las aldeas filipinas, en los cerritos horadados del altiplano o en las calles abigarradas de la India urbana, dan fe de su fe, de su compromiso con la vida; construyen a la mujer y el hombre nuevos con el humilde barro de la pobreza. Y en esa distancia, en ese mundo donde la utopía se convierte en cristiana y redentora del dolor y la injusticia social, la mujer y el hombre misioneros se nos aparecen como lo que son: héroes en carne y hueso.

Se ha de reconocer que la misionería en países del tercer Mundo, por ser tan riesgosa y llena de peligros físicos, no deja de tener una áurea de virtud que nos parece mayor que aquella que se ejerce cerca de nosotros, en los barrios, en las escuelas y centros de educación liderados por religiosas y religiosos de las ciudades de nuestro afortunado hemisferio económico. Pero debe haber hueco en nuestros corazones para otras historia de vida.

Cuento todo esto porque hace pocos días falleció en nuestra ciudad una mujer admirable, religiosa salesiana, que ejerció de profesora de música -durante casi toda su vida en comunidad- en diversos colegios a la que su orden tuvo a bien destinarla. Se llamaba Flora Araña.

No figurará en la historia oficial de la música de nuestro paisito; sin embargo ocupará, sin duda, un lugar muy destacado en el corazón y la memoria de numerosas chicas a las que indujo a conocer y disfrutar del embriagado placer de escuchar y hacer música. Hablaban mucho sobre ella mi Olga –fue la primera persona que creyó en su extraordinario talento- mi Luisa, , mi María, mi Macu, mi Laura, mis Esther, mis Rosas… Esas y otras amigas de la juventud ingenua de los años 80, cuando pretendíamos ayudar a construir una canción que sonara a Canarias.

Me contaron sobre su excelencia educativa, sobre su complicidad y compromiso con aquellas adolescentes del Árbol Bonito que bajaban del barrio cada mañana hasta el colegio con las maletas cargadas de sueños y esperanzas. Ella supo poner, con cariño infinito, música a aquellas esperanzas.

Si existe, como creía aquella humilde profesora de música, un coro de ángeles que recibe a las almas buenas mientras se les abre las puertas del Paraíso, habrá sido un coro de miles de voces quienes la hayan celebrado; será el eco de las voces de todas aquellas niñas isleñas a las que educó en el Arte de las musas. Descansa en paz, Sor Flora Araña, Mater amantísima.

Publicado en Diario Las Palmas – La provincia el domingo, 29 de Octubre de 2017. Fotografía: Ascanio
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