Piélago

De cualquier valla salta un ratón”, dice el popular estribillo de una de las canciones de la recordada Fania, aquel conglomerado de estrellas nacidas a la sombra del brilli brilli y los pantalones de campana en las calles del Bronx latino de los 70. Así ha sido con Carlos Cabrera Suárez, más conocido en los ambientes artísticos que transita como SaoT ST. Para quien aún no lo conozca, Carlos es uno de los realizadores de vídeos musicales más transgresores e inquietos del panorama contemporáneo español.

Cuando joven Carlos inició sus inquietudes artísticas como rapero; así que podemos estar tentados -para los que tenemos años a la espalda, gustos musicales más conservadores y nacimos en el prehistórico mundo analógico- a observar su biografía profesional con cierta condescendencia. Y nos equivocaríamos de plano porque nos encontramos ante un autodidacta que ha sabido construir un discurso creativo que combina a la par ética y estética desde una independencia más que envidiable.

Su última aventura creativa, sin más ayuda que las ganas de explicarse a sí mismo y a los del frágil gremio de sus inicios, es un documental que acaba de presentar en las Palmas de Gran Canaria, su ciudad natal. Se titula acertadamente Piélago y aborda, a través de múltiples voces entrevistadas en el mismo, el complejo espíritu, las contradicciones y los logros de quienes desde Canarias han querido, a través de diversos estilos, hacer de la música su profesión. En principio en lo grabado puede parecer que sobran o falten voces, o muchas estén signadas en su mayoría a una de las islas capitalinas, pero hemos de suponer que el carácter de autoproducción y la falta de apoyos sobre el proyecto han marcado estas decisiones.

Sin embargo, los testimonios son entrecruzados de tal manera por el realizador que terminan por dibujar perfectamente la fatalidad, la constancia y los sueños de un proceso creativo al que le faltó adjetivar su geografía; bien es verdad que fue siempre huérfano de una canal de distribución natural, mientras le sobraba instinto artístico y talentos a pesar de su distancia con los centros neurálgicos de la industria musical mundial.

Y esta radiografía sentimental de un deseo que surge en unas pequeñas islas en mitad del Atlántico, que se hace más colectivo a partir de la década de los 60 del pasado siglo y que tiene en sí mismo la semilla de su pecado original ( Morir de éxito en Canarias, subtitula el autor con acierto a su documental), se estrena en un momento muy significativo de la sustentación del cambio de modelo del negocio musical que se produce en la última década, de los procesos creativos que lo alimentan, de los formatos y aplicaciones que lo sustentan y del perfil de quienes consumen ese producto.

Cabrera/ SaoT ST sitúa el punto cero de la inicial ambición de los músicos canarios por trascender más allá de sus fronteras en aquellos años pretéritos años del rock and roll. Con acierto pone el foco sobre el fenómeno de Los Canarios, liderados por Eduardo Bautista; las reflexiones que nos regala Teddy en el documental son una iluminación, a propósito de la fecunda experiencia profesional y vital del personaje, curtido en mil batallas y con su alma dividida entre los escenarios, la producción musical, la composición y la gestión cultural.

Por momentos sobrevuela en el tono testimonial de algunos de los entrevistados una cierta autocomplacencia, olvidando que por muy mediatizado que esté el aval del público es una asignatura de obligado examen. No deja de tener razón también aquel axioma sobre el éxito, a veces fácil de obtener pero difícil de ser merecido. Por otro lado, el trasvase de protagonistas es transgeneracional y juega también un papel relevante en el discurso del documental: entre los más veteranos asoma comprensiblemente la nostalgia y, todavía, un cierto desconocimiento de las maquinarias industriales y mediáticas que limitaban sus capacidades de proyección fuera de sus islas natales.

Entre los más jóvenes, acostumbrados al pulso digital de sus días y a la autoproducción, se expresa un optimismo ligero, sin aparente asomo de preocupación. Y en verdad, si antes era una meta casi inalcanzable aparecer en una televisión de ámbito estatal por parte de un músico isleño, hoy los modelos de comportamiento mediático ayudan a que formen parte, casi siempre de forma fugaz, de esas máquinas de picar carne humana e ilusiones que se ocultan tras los concursos de talento musical que se multiplican por cadenas de televisión públicas y privadas.

De tal manera que la antigua frontera entre cultura y ocio ha quedado obsoleta, aunque aquel público que tiene la suerte de nacer con un oído musical con cierta curiosidad, se suma a esas minorías en las que aún persiste la llama del buen gusto, revisitando músicas que se niegan a pasar de moda o intentando encontrar nuevas propuestas que sirvan para alimentarle el alma.

En Canarias el presente musical, que asoma en algunos de los testimonios del documental, sin duda está mucho más desarrollado en los últimos dos decenios, también en el ámbito de las infraestructuras culturales. Sigue faltando lo fundamental: ordenar racionalmente y de una vez por todas -ajeno a caprichos políticos o de funcionarios iluminados, “dueños” de esos espacios escénicos y los presupuestos públicos que los sostienen- el mercado cultural canario (“proceso sobrediagnosticado”, lo llama con acierto González Jerez en una de sus columnas periodísticas).

En cualquier caso, es emocionante e inspiradora la mirada cercana, cómplice y respetuosa de un rapero derivado en videocreador empeñado en contar una pequeña historia. Una historia donde suenan de fondo músicas sostenidas sobre una columna de agua en medio del océano, en un piélago.

Publicado en La Provincia-Diario de Las Palmas el 30 de Enero de 2020. Fotografía anónima (Muelle de Las Palmas de Gran Canaria; Cambulloneros vendiendo su mercancia)

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Sobre Manrique, un guión y sus caminos

El célebre compositor de musicales Andrew Lloyd Webber, en su recomendable libro de memorias -“Unmasked” (Sin máscara) -, confiesa en tono irónico que el principal peligro al que se enfrenta un libreto musical antes de su estreno es el simple bostezo de un espectador. Y explica que la ventaja de utilizar el arte de Orfeo para dulcificar la falta de interés literario de un argumento y/o un texto, recurrente desde que en el mundo de la creación musical se inventa la fórmula cantable unida a la narración de una historia, es una excusa artística más que convincente para combatir la apatía de una platea.

Así, por ejemplo, el mundo de la ópera está sobrado de infumables libretos que contienen pasajes musicales bellísimos (salvemos, no obstante, a Lorenzo Da Ponte, que consiguió el milagro de estar a la altura de la genialidad mozartiana en las más célebres de las operas del compositor austriaco).

A propósito de todo ello, cuando comencé a escribir el libreto del musical sobre César Manrique sabía, por propias experiencias en mi pasado como ocasional libretista,  de los riesgos a los que me debía enfrentar: este tipo de personajes –muy queridos en los ambientes populares a tenor de su tremenda capacidad para conectar con la psique de la calle, amplificada su imagen pública gracias a la era de la televisión-, poseen un perfil muy marcado, transmutado al  corazón de las comunidades donde proyectaron su vida y sus circunstancias creativas.

Sobre Manrique existe también – su caso es clarividente, supongo que  a propósito de su conocida capacidad para proyectarse mediática y socialmente y a su precursor discurso medioambientalista- una notable literatura científica que aborda, ya en vida del artista, sus distintas etapas vitales y creativas, las conexiones con sus contemporáneos afines y sus motivaciones en torno a los asuntos que le preocupaban. En cualquier caso no debe estar uno sujeto, en cuanto a la escritura de un guión teatral se trata,  a la observancia y estricto ritual de lo acontecido en el sentido de que no es necesario abarcar la nota de página.

Además, el solo hecho de tener que compendiar una existencia tan vivida como la del protagonista, comporta un problema a tener en cuenta para la escritura de un  guión, que debe condensarse en no más de 90 minutos de escena incluyendo los correspondientes números musicales. Se escribe entonces intentando resumir el perfume de lo acontecido, y procurando “vender” al público esa emoción que flota en el aire a propósito de las texturas con que ha construido el imaginario popular al biografiado.

En nuestro caso todo comienza en Famara, donde el pintor sitúa, a poco que se le preguntara en vida, el génesis de su discurso vital y artístico. Y el trasunto poético inicial lo ofrece una playa inmensa, azotada por el viento, que viene a morir, por uno de sus lados, en un risco de imponente presencia geológica. Es, sin duda, un lujo levantar el telón en esa tesitura a efectos plásticos y de creación lumínica: la patria de la infancia y la adolescencia de Manrique están allí; allí tiene como lienzo natural para sus primeros dibujos infantiles a la arena de la playa; allí volverá en muchos veranos de su exilio voluntario; allí comparte la alegría cómplice de su entorno familiar más cercano. Se expresa todo con  una canción a la manera de un lied, que pide un voz angelical y un coro que muere en un lejano eco.

Aparece a continuación, como una flamígera ráfaga, la Guerra Civil, en la que participa como soldado en el bando rebelde, asunto que, al parecer de los que lo conocieron,  no le gustaba recordar; un ambiente de sonidos en blanco y negro y voces radiofónicas que vienen  a apagarse en un poderoso gesto simbólico que sucede en la azotea de la casa  familiar en Arrecife.

El Lanzarote del pasado rural, al que Manrique presta siempre su mirada –bien para preservarlo, bien para rediseñarlo- sirve como pantalla de fondo  para explicar la marcha al Madrid académico huyendo del que ya se entonces se le antoja como agobiante mundo insular;  en esta escena aparece por primera vez Pepín Ramírez, su amigo de siempre, su confidente en la isla. Y también un personaje clave en casi todas las escenas, que  convivirá con él desde que alimenta el deseo de triunfar en el mundo del Arte: el Diablo de Timanfaya pone  el contrapunto, pecaminoso y rufianesco, a los ideales del artista. Lo acompañará siempre un jocoso leitmotiv musical a modo de polka.

A Manrique le espera el Madrid gris y escolástico de la posguerra, las estrecheces económicas, el frío continental. Allí copia los Maestros del Prado hasta que encuentra a su primer amor. Pepi Gómez va a llenar de luz las siguientes escenas con su complicidad con el artista y con su necesidad de construir en torno a él un mundo de relaciones sociales que resuelvan sus necesidades económicas gracias a encargos artísticos de diversa índole.

Y ella participa también en una escena del ambiente marinero, coral y festivo  de los sangineles cuando César la lleva a conocer a su familia y amigos íntimos. A sus espaldas el rumor de la pacata sociedad arrecifeña de la época, que observa con crítica  a una pareja moderna y sin más atavíos morales que su amor. Las fiestas en sus casa madrileña de la calle Covarrubias son también un espacio escénico atractivo en lo coral para la teatralización, donde se completa definitivamente el sociable perfil manriqueño, tan lejano –en estética pictórica, en moda de vestir- a lo preestablecido entre la intelectualidad progre consentida por el Régimen.

El fallecimiento de Pepi es un momento de dramática lectura actoral,  musical y escenográfica dentro de la obra. Fue, a tenor de lo escrito por sus biógrafos,  un antes y un después en la vida del pintor y lo es también en el desarrollo de la trama del musical. Desde esa imagen encapsulada en el drama, saltamos al Nueva York de los 60; del dolor por la pérdida a la vorágine y el color anfetaminoso de la gran ciudad en un momento transcendental para el Arte y la cultura americana y mundial: pop-art, guerras de Corea y Vietnam y el soul, que salta de los guetos negros a las discos de moda. Allí coincide casualmente con Los Canarios; de ahí que utilicemos una arrasadora versión del popular Free your self de Teddy Bautista para ambientar ese momento, liberador en las costumbres amatorias de la época a la que se suma Manrique.

La vuelta a la isla, un  deseo que se torna obsesión por el cansancio que la Gran Manzana comienza a producir en el espíritu del pintor –las cartas de su íntimo Dámaso son el recurso que utilizaremos para narrar su impaciencia vital-, se ofrece sobre las notas de la emblemática A la Quinta  Verde de Taburiente, que canta en una nueva versión Luis Morera; una banda sonora acostumbrada en los gustos del César vivo. Es una síntesis musical del deseo, siempre en el intermedio de sus estancias en el extranjero, por intervenir en el paisaje y la mentalidad social de su isla natal.

Y aparece brevemente la cuadrilla de obreros y maestros de obra, que serán entonces los fieles acompañantes de un Manrique constructor, siempre junto a su inseparable amigo Pepín Ramírez. El aspecto lúdico, que en la vida real se contrapesa entre las fiestas de tono ibicenco en su casa de Tahiche o la actividad militante de El Almacén, está dirigido en el libreto en torno al  ritual popular del Agaete veraniego con Dámaso y Fachico el fotógrafo:  olor a pueblo, música caribeña, papahuevos, fiesta de la Rama y baños de sol.

Una breve conversación telefónica con otros de sus íntimos, el tenor Alfredo Kraus, da pie a que aparezcan  las  escenas que retratan el compromiso militante de Manrique, secundado por el movimiento ecologista que surge en su isla natal a raíz de los despropósitos urbanísticos que comienzan en la década de los 70 del pasado siglo. Y se revela, en toda su contundencia, el Manrique del mitin y el altavoz, a pie de playa, parando la vorágine de tractores que amenazan el paraíso soñado mientras suenan canciones de trinchera.

El preludio del final, la repentina muerte del protagonista, ofrece al espectador una pieza de musical coral, a modo de réquiem. En el ambiente queda el mensaje, los personajes del teatro manriqueño apostados en las esquinas y un trasunto de leyenda mientras esculturas móviles de hierro siguen rotando con el viento. Todo llevado a escena por Israel Reyes junto a un elenco de medio centenar de actuantes isleños: bailarines, cantantes, actores, coro mixto y diez músicos en foso dirigidos musicalmente por Germán G. Arias.

Una obra de teatro musical cocinada a fuego lento donde suena el viento como epifanía. El viento, siempre el viento en la vida del Manrique real y del dibujado entre las líneas de este guión y sus caminos.  

Publicado en el suplemento cultural del Canarias7 el sábado, 21 de Septiembre de 2019. Fotografía de Miriam Cejas sobre escenografía de Carlos Santos, Teatro Pérez Galdós de Las Palmas.











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Homo Manrique

El viento, icono manriqueño, golpea inmisericorde la pulcra lengua de arena de Famara y se adentra en el mar para jugar frívolamente con las velas de los windsurferos llegados desde las cuatros esquinas del mundo. El acantilado, los callaos, La Caleta de casitas blancas y un horizonte de isla –esa porción de tierra rodeada de deseos-, siguen conservando el halo de aparente eternidad que está en el origen de todo lo que César quiso  construir.

Pero sobre esa raíz es tal la cantidad de vida vivida que acumula Manrique en estratos de información, en escenarios diversos, en procesos de creación, en personajes que circundan, vuelven o desaparecen del universo Manrique, que cualquier excavación científica sobre el personaje tropieza una y otra vez con la dificultad para entender esa transversalidad suya, tan incómoda a la observación  científica, siempre necesitada de explicaciones racionales.

Por eso posiblemente la fecha del centenario de su nacimiento hace aflorar testimonios aparentemente irreconciliables,  rastros de memoria sobre el personaje surgidos en primer lugar de la amistosa sociabilidad que el artista lanzaroteño poseía como rasgo distintivo de su epatante personalidad. El pueblo llano acoge con cierta indiferencia la polémica y se resiste a enterrar definitivamente al mito a pesar de la naturaleza frágil de los tiempos que corren, donde el usar y tirar es la norma establecida para las cosas, el amor y las ideas.

Y el mito resiste porque a su construcción desde el imaginario popular se pueden seguir añadiendo capas de información –reales o ficticias- que abundan en los peligros que nos rodean y que saltan de lo local a lo planetario : ¿Qué fue de la Arcadia perdida que eran las Islas?¿Estaremos abocados por siempre a la dependencia del turismo como fuente de riqueza? ¿Dónde encontraremos el necesario equilibrio entre desarrollo y sostenibilidad?¿La raza humana camina hacia su inevitable extinción?

Es sabido: Manrique propone como respuesta a todas esas preguntas una fiesta de los sentidos radicalmente vinculada a la participación de la Naturaleza como objeto de culto, como reflexión artística, como religión humana. No es necesario seguir su rastro en la abundante bibliografía escrita sobre su vida y obra, salvo que se quiera tener una exhaustiva radiografía de los detalles. Bastará con acceder a toda la iconografía visual fácilmente disponible –fotos, declaraciones, películas- y fijarse en su gestualidad, en los paisajes donde se retrata, en la vestimenta que usa, en los personajes que circundan al artista y que se prestan a ese juego de señales que César construye –creo que conscientemente- para el futuro.

Causa envidia imaginar el ambiente terriblemente “moderno” –adelantándose a lo “camp”, soslayando lo “cool”- con el que Manrique construye una década gloriosa de existencia que él hace comunal en su isla natal, a caballo entre los sesenta y setenta del  pasado siglo. Lanzarote era entonces puro silencio, una orfandad dispuesta a ser reseteada por las manos de un visionario.

César aguarda expectante, sin perder la esperanza de ser descubierto como el pintor que fue, mientras  sus obras civiles se llenan cada día de curiosos que imaginan al individuo que habitó aquel Paraíso terrenal; el primero de su singular especie, el Homo Manrique. Queda también el viento, golpeando la lengua de arena de Famara, aquella que un día sirvió de lienzo para un niño criado en aquella lejana orilla; un niño que hoy cumpliría cien años de existencia.

Publicado en La Provincia-Diario de Las Palmas el miércoles, 24 de Abril de 2019. Foto anónima.

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Sostiene Pereira, paisajes de ultramar

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En Portugal conviven algunos Pereiras famosos a propósito de lucir un apellido más o menos común en el listado de nombres antroponímicos del país. Curiosamente el más internacional, surgido de la fecundidad literaria de Antonio Tabucci en su más célebre novela, es un personaje de ficción, un periodista viudo y cardiópata que dirige las páginas de cultura en un periódico lisboeta durante el régimen salazarista.

En la música popular portuguesa que sobrevive más allá del, a veces, agobiante reinado del fado y sus acrónimos, la biografía profesional de Julio Fernando de Jesús Pereira – conocido como Julio Pereira en el mundo de la World Music– es un rarísimo caso de afortunados hallazgos y pequeñas joyas instrumentales que coronan una vida casi sacerdotal dedicada a las músicas de raíz.

Aunque sus inicios musicales están ligados a los ambientes rockeros de su Lisboa natal, su temprana colaboración con los conocidos “Cantores de Abril” (José Afonso, Fausto, Sergio Godinho y otros) lo acerca a un mundo sonoro del que nunca más se despegaría. Es con Zeca Afonso con quien ejercerá de director musical y productor desde 1978 y con quien establecerá, hasta el fallecimiento del autor de “Grándola, vila morena”, una comunión de ideas y amistad que lo marcará profundamente en su posterior y exitosa carrera como intérprete, compositor y productor.

Desde finales de la década de los 80 recopilábamos con admiración sus grabaciones discográficas a pesar de nuestra entonces distante insularidad, ajenos como estábamos aún a la conexión internaútica. Un día del verano del año 1995 nos plantamos sin avisar ante su casa, que era también su estudio, y de alguna manera lo convencimos para que produjera dos de nuestros discos. No fue fácil, a propósito del mundo cerrado y monacal en el que vive Pereira con sus músicas y sus instrumentos y de su perfeccionismo profesional.

Ayudaron algunas letras, como el Agüita Agüita, que escribimos para algunas de sus piezas instrumentales y que se hicieron también populares como canciones. A todo ello hay que sumar su fascinación por la voz de su amiga Olga Cerpa, a la que ha implicado en algunas de sus producciones discográficas. Pete Seeger, Chico Buarque, Carlos do Carmo, Dulce Pontes, Teresa Salgeiro o The Cheftains son algunos de los nombres con los que ha compartido complicidades musicales. Pero a mi modesto entender su trabajo de reivindicación del cavaquinho portugués, en un camino que acoge el origen tradicional de ese pequeño instrumento y lo empuja a su necesaria contemporaneidad sin merma de su esencia sonora, es uno de sus logros más fecundos.

De ese conocimiento surgió una idea que he intentado que se produjera durante muchos años y que no ha sido posible hasta hoy: la de emparejar a ese instrumento y nuestro timple, uno de sus primos, en una producción discográfica donde se estableciera un necesario diálogo común. El repertorio estaba escrito: las composiciones instrumentales de Pereira – un corpus ejemplar que subraya la importancia del instrumento sobre el repertorio a interpretar- esperaban a ser releídas con el timple.

Ese empeño me parecía necesario observando la que entiendo superflua deriva que a veces han tomado nuestros jóvenes intérpretes de nuestro instrumento más popular, utilizando repertorios y sonoridades más propias de lugares comunes del jazz que de la propia génesis del instrumento. Supongo que, en parte, es consecuencia de las excelentes capacidades técnicas de los timplistas de la nueva generación, expuestos muchos de ellos al síndrome jazzístico del “acorde perdido”. Siempre pensé que Pereira podría ser un buen ejemplo para indicar otro posible camino y solo faltaba un timplista que gustase al portugués por sus mañas para comprometerlos en un proyecto común.

Y es ahí donde aparece el ansia y el talento de Althay Páez, que a pesar de ser conocido y admirado desde hace años en los ambientes musicales del género, no había tenido oportunidad hasta hoy de enfrentarse a una grabación de estudio. Entre sus coetáneos es reconocido como un virtuoso del instrumento canario, tanto por sus capacidades técnicas como por el estado anímico al que lleva a su timple en sus interpretaciones en directo.

Nos parece que en él se reúnen acentos muy potentes relacionados con la tradición que, sin embargo, conviven con un ánimo de contemporaneidad singular en el panorama de las músicas instrumentales en Canarias. Sobre eso navega su primer disco, producido musicalmente por el Maestro portugués y artísticamente por nosotros, alentado por nuestra fe en ambos. Suena este disco a paisaje de ultramar, a lo que sostiene Pereira.

Publicado en el Pleamar de Canarias7 el sábado, 13 de Abril de 2019. Fotografía de Miriam Cejas

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Fina estampa

 

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En el patio del colegio las filas se arremolinaban cada mañana entre los gritos eufóricos de la muchachada, que se amansaba en cuanto sonaba sobre nuestras cabezas la disciplina del silbato del prefecto. En los laterales de algunas de las filas coincidíamos mayores y pequeños y, amén del desafecto generacional que nos producían aquellos pequeños de primaria a propósito de nuestra adolescencia gamberra, siempre me llamaban la atención unos gemelos, repeinados y formales, serios y atentos, atildados en sus corbatas de alumnos claretianos.

Así conocí a Paulino Montesdeoca, junto a su hermano Luis. Paulino me enseñaba algunas mañanas, en mitad de la formación y a distancia, su tesoro: los nuevos cromos de futbolistas que había adquirido en un estanco frente a la entrada del colegio que hacía el agosto con muchos de los alumnos, coleccionistas de estampas y comics. A mí, entonces ya con preocupaciones y deseos más carnales, me hacía gracia aquella ingenuidad infantil, que buscaba y encontraba complicidad entre las filas a través de una mirada limpia e ingenua, una de sus virtudes durante toda su vida.

Ya entonces, aún crío, era bueno y esa sustancia de nobleza se transpiraba en él con una naturalidad silente. Todo esto me lo recordó años más tarde, presentándose como aquel niño de los cromos, al pararse en un pasillo de la Casa-Palacio cabildicia en el que coincidimos una mañana. Me invitó a un café y me puso al día de su vida profesional: se hizo abogado siguiendo los pasos de su padre, había adquirido una plaza en el Consejo Insular de Aguas y comenzaba a ejercer como joven promesa del Partido Popular en nuestra isla natal.

Desde aquel encuentro, se hizo amigo en un tú a tú que salvó la distancia generacional sin ningún esfuerzo. Paulino era un caballero, en una acepción del término que hoy está en desuso por tanta falta de educación cívica. En esa virtud de ser y estar lo habían educado, pero tengo para mí que en su genética vivía un gen singular, comprensivo y generoso, que se remarcaba con una presencia física y gestual impecables. Lo remataba con un envidiable optimismo, con el que había superado pruebas muy duras en lo emocional, que contagiaba a los que tuvimos la suerte de tenerlo como cómplice.

Su paso por la política de partido, después de haber ejercido varios cargos públicos con notable éxito y con la proverbial prudencia que lo caracterizaba, no terminó bien a su pesar; el foro del Derecho en la isla recuperó un buen espada, pero perdió para las responsabilidades públicas un avalista de las buenas formas, de la moderación y del diálogo, tan necesario hoy entre adversarios políticos que persigan el bien común por encima de sus ideologías.

Siendo como éramos distantes en ideas y en los ambientes sociales en los que nos movíamos – con el conocimiento de su persona era posible entender una derecha liberal y civilizada, sin ánimo frentista y sin la moralina con la que en ocasiones se ve tentada en su discurso- era un placer encontrarlo por la calle Cano y compartir un rato de cháchara intentando arreglar el mundo.

Parecía Paulino el galán de una película en blanco y negro, atildado en su vestir, caminando las calles de la ciudad vieja y su original arteria comercial con las hechuras de la popular canción de Chabuca: “Fina estampa, caballero/ caballero de fina estampa…”. Descansa en paz, querido amigo.

Publicado en La Provincia-Diario de Las Palmas el jueves, 14 de Febrero de 2019. Foto anónima.

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Claudio en la Montaña

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Días atrás estrenó en su isla natal una contundente pieza de jazz, mirando a las estrellas con su saxo y pidiendo la bendición de Lester Young, John Coltrane y Charlie Parker. Fue en mitad de un colorista y vibrante concierto que la Banda Sinfónica Municipal de Las Palmas, dirigida con eficiente batuta por Daniel Abad, ofreció en Las Canteras; en la línea de la afortunada revolución musical con la que ha seducido Germán Arias – inquieto y ya imprescindible director artístico del combo municipal- a ese colectivo centenario y a la ciudadanía en estos últimos años.

A los talentos compositivos del músico firguense afincado en Barcelona Claudio Marrero se le unen una envidiable técnica con su instrumento –vibrato cálido, fraseo abierto, sonido voluminoso- y una actitud escénica de si mismo, de lo que interpreta y cómo lo interpreta, poco habitual en la escena canaria contemporánea. Esa desinhibición y convicción artística sobre su propia “singularidad” es, sin embargo, empática y se vuelca con naturalidad hacia el público ayudadas también por un físico de galán cool que no desentonaría en ninguna revista de moda.

Él quizás no lo sepa, pero Claudio es el arquetipo de una generación de músicos canarios que –ahora, sí- han nacido sin complejos, sin geografía limitante, sin miedos al mundo y sus mapas. Con una premisa común a buena parte todos ellos, si nos referimos a los que optaron por estudiar instrumentos de viento: sus inicios en la música hay que encontrarlos en esas benditas bandas que hace no más de cuatro decenios comenzaron a fraguarse en algunos pueblos del interior isleño.

Con la decidida y silenciosa vocación de sus maestros, compaginando la labor educacional con las procesiones religiosas de obligado cumplimiento, a veces zarandeadas económicamente por la incomprensión de concejales obtusos, las más afortunadas ayudadas por munícipes bondadosos que intuían de los réditos futuros de esa inversión cultural, las bandas de pueblo propiciaron que muchos chicos como el propio Claudio y tantos otros como él pudiesen acceder a sus estudios superiores de música en los conservatorios capitalinos con un bagaje de sacrificio y constancia que fue sustancial para el desarrollo de sus potencialidades.

También han tejido caminos de confluencias entre la Canarias rural y las urbes: aquella acomodada en sus costumbres ancestrales; la otra rugiendo en una incómoda espera a que las Islas se construyan desde la contemporaneidad sonora que le corresponde. A uno le inunda un orgullo comunitario cuando ve tanto talento musical saltando la valla, incapaz entonces de reconocerse en aquel pasado no tan lejano de los que fuimos y somos aficionados venidos a más.

Pero echar la vista atrás es recordar también el origen particular de algunas cosas que unen a los seres humanos a través de la sangre: abajo Firgas, con sus casitas blancas y su verdor de medianías. Y la Montaña, entonces virgen en casi toda su extensión salvo una casita oculta en la loma.

Más allá un sendero de tierra roja, la sombra impertinente de los eucaliptos, una parra que arrumaba la casa y un hombre viejo sentado bajo ella que te acariciaba con sus cansadas manos de campesino y te susurraba con amor del antiguo al oído: “¿Me quieres, prenda?”. Entonces uno recuerda que el origen de Claudio, saxofonista de jazz, se encuentra también arriba, en la Montaña, aquella perdida patria de la infancia.

Fotografía de Sebastián Domínguez.

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Bienvenido, Womex

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Por una vez no son los hooligans los que toman las calles de una ciudad para beberretear en las esquinas con el balido uniforme de un ganado que busca la excusa del gol para celebrar su inconsistencia mental. Las Palmas de Gran Canaria se convierte hoy en un gran zoco de culturas musicales, de pieles pintadas en la diversidad planetaria gracias a la mayor feria de la escena musical mundial, el Womex.

Berlín, Bruselas, Rotterdam, Copenhague, Estocolmo o Santiago de Compostela son algunas de las urbes europeas donde esta singular feria ha asentado sus reales desde que se celebrara por primera vez en 1994 en la capital alemana. Y en cada convocatoria la multitud de excelencias musicales que abarcan desde los cantos de la raíz hasta la escena underground, pasando por todas las mezclas de interacciones creativas estéticas imaginables, ha ido multiplicándose y convirtiéndose en un gran polo de atracción indispensable para periodistas, programadores culturales, festivales, cineastas y especialistas de la industria musical planetaria.

Casi tres mil personas venidas de todas las partes del mundo inician hoy en nuestra ciudad una reunión común entendiéndose en la más entendible de las lenguas, la música. Es, evidentemente, una feria por y para profesionales: se truecan licencias discográficas; se difunden y se contratan propuestas musicales para cientos de festivales y espacios escénicos repartidos por todo un mapa de países; se cierran giras y se dan a conocer artistas y lugares despreciados por la anodina industria musical controlada por las multinacionales y se visionan documentales sobre músicas difíciles de disfrutar fuera de esta singular feria.

Pero el evento ofrece algunas ventanas por las que el público local puede asomarse y recrearse en un ambiente único donde reina la empatía por la diversidad cultural. Tuvimos la suerte de participar en el Womex celebrado en Copenhague en el año 2009; entonces nos quedamos impresionados con la trastienda de ofertas y expositores desplegados con motivo de la feria.

Aún más impactante fue participar y disfrutar de los conciertos nocturnos que se ofrecieron dentro de la programación del evento y del eco mezclado de sonidos, instrumentos y voces que se amplificaron a lo largo de las salas habilitadas en la sede del principal auditorio de la capital de Dinamarca. El ambiente multirracial, la explosión comunicacional e intergeneracional y la falta de complejos a la hora de poner la oreja ante cualquier propuesta musical venida de cualquier esquina del mundo hacen de esta feria un privilegio.

Es también una oportunidad única para observar y aprender de propuestas organizativas de festivales que se celebran en diversos lugares del planeta que son ejemplares en su planificación programática, en su gestión mediática y económica y en su diversidad. A ver si de esta aprendemos: no basta con soltar una tortuga a la orilla de una playa y hacer populistas loas al ecologismo tras la marca de una franquicia que cuesta un ojo a la cara al erario público al ritmo de tres tambores y dos papahuevos.

Tenemos, pues, la suerte de disfrutar de esta convocatoria singular en nuestra ciudad atlántica, que intuyo será también una grata sorpresa para los participantes del singular evento por su bondad climática, por la naturaleza afable de sus habitantes y por el espíritu abierto de sus calles.

Se hace obligado el agradecimiento a las instituciones públicas canarias que han propiciado el aterrizaje del Womex en Canarias. Y especiales aplausos merece Encarna Galván, concejala de Cultura capitalina, al propiciar la presencia de músicos canarios en los prolegómenos de la feria con una escena off que ha permitido la inclusión de valiosas propuestas musicales nacidas desde las Islas. Así pues, bienvenido Womex.

Publicado en La Provincia-Diario de Las Palmas el miércoles, 24 de Octubre de 2018.

 

 

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